
Corría el año 1881. En un atelier de París, un joven chileno de 23 años pasaba las tardes frente al caballete, dibujando los puentes del Sena y las fachadas de la ciudad. Cualquiera que lo viera pensaría que se trataba de un estudiante más de la Academia de Bellas Artes. Nadie hubiera imaginado que ese joven —de apellido Casanova Zenteno— tenía una misión bastante más peligrosa que perfeccionar su técnica del óleo: vigilar a los agentes peruanos que operaban en la capital francesa, en plena Guerra del Pacífico

Casanova Zenteno en uniforme militar.
Un artista con una tapadera perfecta
Álvaro Casanova Zenteno nació en Santiago en 1857, en una familia con peso en la vida pública chilena: su abuelo, José Ignacio Zenteno, había sido el primer Ministro de Guerra y Marina del país, y su tío era el arzobispo Mariano Casanova. Se formó como pintor en Valparaíso junto al inglés Thomas Somerscales, uno de los grandes marinistas que trabajaron en Chile, y desde joven combinó el arte con el trabajo en la administración pública.
Esa doble vida —funcionario y artista— resultó ser exactamente el perfil que Chile necesitaba para una tarea muy distinta a la pintura.

La misión secreta
En 1882, en pleno conflicto con Perú y Bolivia, el gobierno chileno lo envió a Francia en una comisión reservada, bajo las órdenes de Alberto Blest Gana —el célebre autor de Martín Rivas, que en esos años se desempeñaba como ministro plenipotenciario de Chile en Europa y dirigía, en la sombra, la red de inteligencia chilena en el continente.
El problema que debía resolver esa red era concreto: al estallar la guerra, las potencias europeas se declararon neutrales, lo que impedía la venta directa de armas a cualquiera de los bandos. La solución fue tan audaz como cinematográfica. Blest Gana y su equipo —con el capitán Luis Alfredo Lynch como segundo al mando en Europa y el ministro Marcial Martínez coordinando la inteligencia en Estados Unidos— crearon empresas de fachada en Inglaterra y Alemania. Bajo identidades falsas, adquirían armamento y pertrechos en Estados Unidos, Bélgica y Francia, y los hacían llegar a Valparaíso disfrazados de mercadería común.
Casanova, con su caballete como coartada, se movía por París vigilando a los agentes peruanos que intentaban hacer exactamente lo mismo del otro lado. Permaneció en la misión durante tres años, hasta 1885.

El regreso y una carrera al servicio del Estado
De vuelta en Chile, Casanova Zenteno continuó una extensa trayectoria pública: fue subsecretario en los ministerios de Justicia, Guerra y Marina, sirvió bajo once presidentes distintos y llegó a comandar unidades de artillería de la Guardia Nacional. También presidió la Sociedad Nacional de Bellas Artes, un cargo que dice mucho de cómo, para él, el arte nunca dejó de ser el centro.
El marinista: su verdadero legado
Pero si algo define a Álvaro Casanova Zenteno más allá de la anécdota del espionaje, es su obra como pintor de marinas. Se le atribuyen cerca de mil óleos dedicados al mar, los veleros y la historia naval chilena, un cuerpo de trabajo que lo consolidó como uno de los grandes marinistas de su generación, heredero directo de la escuela que había aprendido de Somerscales en Valparaíso.
Su óleo Combate Naval de Punta Gruesa (21 de mayo de 1879) se conserva hoy en el Museo Histórico Nacional, y en 1929 su trabajo fue reconocido internacionalmente con la Medalla de Honor y Oro, otorgada por el rey Alfonso XIII en la Exposición Iberoamericana de Sevilla.
Es esa faceta —la del pintor que supo capturar como pocos la luz sobre el agua, el movimiento de las velas y la épica silenciosa de la marina chilena— la que queremos destacar a continuación, con una selección de sus marinas.












